Me sorprendió la coincidencia porque hace escasas semanas me atreví a ver Wall Street II y en uno de los diálogos Gordon Gekko, otrora prototipo de hombre de negocios de éxito y con el cambio de siglo transformado en un gurú que llena salones de conferencias vendiendo humo, cuando justifica las trampas, zancadillas, corruptelas y demás acciones que han organizado su vida, sonríe con malicia y proclama satisfecho: - es solo el juego.
A pesar de que cada una de las historias trata sobre dos mundos aparentemente inconexos, en ambas se repetía la idea de jugar para mandar, dominar, controlar, juzgar, imponer y dictar. De pelear con toda la contundencia necesaria para satisfacer un ego atávico, un instinto poderoso porque embarga a los hombres desde que descendimos de los árboles y nos sacudimos el pelo de encima.
Pero mientras los que se desean poderosos juegan a ganar, quien sale perdiendo es siempre la mayoría, quien sin proponerse estar en el juego se convierte en un peón o un peldaño más; nunca o en contadas ocasiones los que juegan, porque para subir a lo más alto es necesario apoyarse sobre mucha gente.
Dentro de esta ilógica del poder que empapa todo lo que nos rodea, enseguida identifico a algunos de los mayores afectados: los refugiados de las infinitas guerras entre clanes de África por hacerse por el control de una zona, de sus recursos y materias primas; los trabajadores de mayor edad a los que se les expulsa del mercado de trabajo apelando a su escasa competitividad; las chicas jóvenes que se les rechaza de los trabajos ante la posibilidad de que se queden embarazadas; los ciudadanos de Estados Unidos sin atención sanitaria por no contar con un seguro.
Y como no los quince asesinados en la ciudad de Progreso, en Honduras, que nos comentaba Yolanda, y los niños que se escurren de la vida en Sierra Leona como arena en la mano.

0 comentarios:
Publicar un comentario