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Mi adviento

Pedro, un chavo de 20 años. La semana que viene abre su propio taller de balconería, emocionado. Vive en una zona preciosa, de ríos y montañas pegadas al mar. Sus horas libres las dedica al trabajo en una organización de protección de los recursos naturales.

Él cree firmemente en la necesidad de sensibilizar a su gente de la importancia defender los ríos de la zona, porque los están concesionando, privatizando. “Yolanda”, me dice, “la gente no es pendeja, pero el hambre es perra; las empresas llegan, regalan láminas de zinc y compran a los líderes”. Ahora están organizando una obra de teatro para presentarla en la plaza del pueblo.

Martiza, ex magistrada de lo que aquí sería la Audiencia Provincial. La expulsaron de la judicatura por decir que en Honduras hubo un golpe de Estado; y según ella, “no concebiría haber hecho otra cosa, porque mi vocación de jueza me hace trabajar porque en Honduras haya un verdadero Estado de derecho, y eso lo haré en el poder judicial, o fuera de él, para mi es mucho más que un trabajo”.

Leonel, un estudiante de 17 años. Sus padres hacen pan y lo venden en la aldea. Antes de ir a instituto, se va en bicicleta con su padre a vender. Y un fin de semana al mes participa en la Escuela de Formación Político Ciudadana, en donde se trabajan temas como la democracia, los modelos de desarrollo, construcción de lo público, etc. 

Leonel me cuenta que está contento de participar en esta Escuela, porque siente que le está dando las herramientas necesarias para poder participar en los asuntos de su comunidad, que afectan a todos y todas, y que sólo juntos podrán mejorar. 

Mario es ex fiscal. Hace dos años, siendo aún fiscal, estuvo con otros compañeros 30 días en huelga de hambre para denunciar la corrupción del fiscal general del Estado. Consiguieron su dimisión. Pero él decidió renunciar a su trabajo, para ser abogado de la gente que durante años ha visto que se le niega la justicia y la dignidad. Es parte de una organización que se llama “movimiento amplio por la dignidad y la justicia.”

Esta gente, y mucha otra, es mi adviento, mi fuente de esperanza en momentos difíciles. Son personas con miles de defectos y cualidades, como cualquiera. Pero a mí me transmiten lo que alguien muy querido nos recuerda a menudo: hay que atreverse a salir de nosotros mismos, a estar con los ojos abiertos, a mirar la vida, y a hacerlo con ternura y valentía. 

Ah!, y los cuatro tienen otra cosa en común: una sonrisa preciosa, que encandila y contagia.

2 comentarios:

Pablo Álvarez-Uría dijo...

Gracias Yoli por tu compartir. Aunque no nos escribamos pues aquí te leo de vez en cuando.
Te escribo desde la refinería de Repsol en Coruña donde llevo "secuestrado" desde el sábado.
Te mando un beso muy fuerte a ti y a Joaco y Sara,
pablo.

Anónimo dijo...

Muchas gracias Yoli, como siempre me ha encantado leerte, un beso enorme,

Silvia