En el Norte, en el valle del Aguán, el viernes desalojaron a las familias de cuatro cooperativas campesinas. La imagen es difícil de olvidar: la mayoría de las champitas (casitas hechas de nylon, madera, zinc viejo o paja) ardiendo; militares, policías y paramilitares, con la cabeza cubierta y armas de alto calibre, asegurándose que no quedaba nada ni nadie; niños corriendo de un lado para otro, perdidos; una muchacha con un bebé de 10 días, que casi no podía caminar porque le habían hecho cesárea; hombres y mujeres recogiendo en bolsas lo poco que tenían; las familias caminando hacia donde vive otra cooperativa, que les va a dar cobijo; porque donde caben 100, caben 200.
Por suerte, esta vez no hubo muertos, según dicen, gracias a la presencia de periodistas y organizaciones de derechos humanos.
Después de unos días de viajes por estas zonas, vuelvo a mi oficina, a mis reuniones, a mis proyectos, a mis informes… y me acuerdo que hoy es el día universal de los derechos humanos.
1 comentarios:
Las visitas a las zonas rurales para mí son significativas de están viviendo, y funcionando, las comunidades humanas.Es decir, los países.El ejemplo que pones no deja lugar a dudas. Se repite la historia de la Navidad: "No tenían sitio en la posada". Hoy es "No tenían sitio en el valle del Aguán". Allí donde nace la tragedia, hay que buscar las claves para buscar la salvación. Benditos sean esos papeles de oficina, que te llevan tarde o temprano al valle...
Quico
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