Un viejo vendedor de fruta espera delante de casa de los hermanos de San Juan de Dios. Puede estar horas, hasta toda la tarde, rodeado de pomelos y mangos, esperando que llegue el hermano encargado de la cocina. Pasamos por delante de él al terminar de comer y nos saluda.
Es un hombre que parece viejo pero que seguramente no sabe su propia edad. Negro, delgado, arrugado, vistiendo pantalones de tela veis, una camiseta tipo sport azul marina y un sombrero rojo. Está sentado de cuclillas, y para preguntar por el hermano levanta la mano señalando el cielo con el índice. Como no sabemos cuando va a llegar el hermano sonríe y se encoge de hombros.
Regresamos a por agua, a media tarde, y allí sigue. Ya no pregunta nada. Ha cambiado de lugar y juega con una rama de palma. Ahora nos fijamos más en la fruta que en él y vemos que no hay sólo pomelos y mangos, sino plátanos y alguna que otra cebolla. ¿De dónde sacará las cebollas?
Anocheciendo se va. El hermano no ha aparecido. Mete la fruta en el saco y regresa a su casa, que quizás quede cerca, quizás lejos y tenga que pedir posada en casa de alguien que le cobrará 1.000 leones (5.000 leones es manos o menos un dólar americano).
Volverá otro día, se sentará delante de casa de los hermanos, y esperará a que llegue el encargado de la cocina.
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