Después de un buen rato, se acabó el camino de los carros… y comenzaba el camino de cabras… casi, literalmente, porque en las cinco horas que nos esperaban de subir y bajar las montañas, sólo nos encontramos cuatro casas, algunas personas caminando y alguna que otra mula o caballo.
Por fin, llegamos a Montefresco. Era ya de noche, pero en la casa de Víctor, que es de madera, había luz, porque sus hermanos pusieron placas solares. De camino a la cocina, nos encontramos a varias cochinas dando de mamar a cerditos pequeños; unos gatos gordos y hermosos; y varios perros. En la cocina, nos esperaba un café recién tostado y calentado sobre el fuego, y de cena, un ovejo que habían matado ese día. Para quien quisiera leche, iban a ordeñar una vaca.
La madre de Víctor nos contaba que se fueron a esa montaña hacía doce años, buscando una tierra que poder trabajar y de la que poder vivir. Ella recordaba que cuando llegó, se echó a llorar pensando en cuándo podría salir de ahí. Pero luego se fue dando cuenta de lo bonito que era levantarse, ver el amanecer, y sentir que la tierra y los animales le daban todo lo que necesitaban para vivir.
Además, llegar al pueblo más próximo no era tan complicado, porque sólo eran dos horas caminando (lo que nosotros hicimos en cinco horas, esta señora lo hace en dos); y luego había un carro de ruta una vez al día (es decir, un pick up que va recogiendo a la gente, que va de pie) que llegaba al pueblo. Dos de sus hijos y la esposa de uno de ellos viven con ella, y un nieto de un año. Cuando pregunté dónde había dado a luz la nuera, me miró con ojos burlones, y me dijo que “en casa, claro”. Sus otros dos hijos van a visitarla siempre que pueden.
Víctor, mi compañero de trabajo, es el que más disfruta de la montaña. Sobre todo desde que volvió de Estados Unidos, a donde se fue de mojado durante dos años, lo necesario para alcanzar sus metas: asegurarse que puede pagar la educación de sus hijas, tener unos ahorros en caso de que alguien de la familia se enferme, y terminar de construir la casita. Su otra hija, Vilma, vive en San Pedro, está estudiando auxiliar de enfermería.
Al día siguiente, en el camino de vuelta hacia el carro (que por cierto, conseguimos hacer en cuatro horas y media, quizás en algún momento de mi vida llegue a las dos horas), mil pensamientos se me cruzaban por la cabeza. Pero sobre todo, una sensación de de admiración hacia esta familia, emprendedora y ejemplo de dignidad, en medio de la belleza y la dureza de su vida. Y la necesidad de darle importancia a lo que de verdad lo tiene, a los valores que nos humanizan, que me recuerdan también mis abuelos y su vida en la aldea.
1 comentarios:
Yolandinha!!! que bueno saber de ti. Acabo de devorar todas las entradas del blog y os animo a seguir dejando constancia de vuestras vivencias. Me pegaré a vosotros como un carracho. Bicos dende Tomiño.
Laura S.
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